La oportunidad de la Crisis


Tememos a la crisis ¿cómo no habríamos de hacerlo?

Porque la vivencia de la crisis es de destrucción de lo propio, de lo que es más propio, lo que más amamos, lo que más nos define. De alguna manera, la destrucción de mí mismo. La destrucción del Yo.

Y, de alguna manera, es verdad.

Sin embargo, la crisis también es otra cosa. Es una posibilidad. Una posibilidad que la Vida nos brinda de crecer. Y crecer aquí significa ser más profundamente Yo mismo, para lo cual, de alguna manera, habrá que morir a lo que creíamos que éramos.

Así como el bebé que aún se encuentra en el útero materno tendrá que dejar de ser un bebé intrauterino para nacer, así la crisis nos enfrenta, como un parto, a un nuevo nacimiento de nosotros mismos, un nacimiento de aquello que no creíamos que éramos.

La diferencia entre la Crisis y el Cambio de Nivel

En los procesos de crecimiento (en terapia y en la vida) existe lo que me gusta llamar Cambio de Nivel.

Un proceso de crecimiento tiene dos tipos de movimientos: El cambio en el nivel y el cambio de nivel. El primero de ellos se da dentro de los mismos parámetros y paradigmas y lleva al sujeto desde un lugar al otro del proceso en el sentido del crecimiento. Así, a la manera de, por ejemplo, la escuela primaria, el sujeto crece con los mismos parámetros y paradigmas (o similares) desde 1er. grado hasta el último de ese nivel educativo. Sin embargo, una vez que llega al último grado y lo finaliza, no puede continuar en la escuela primaria si quiere seguir creciendo.

Y aquí se da el cambio de nivel: Necesita pasar a la escuela secundaria. ¿Desea hacerlo? No lo sabemos, quizá sí quizá no. Pero si quiere continuar su crecimiento, no puede no hacerlo.

Evidentemente, la escuela secundaria tiene otros parámetros y otros paradigmas (por ejemplo ya no tiene 1 o 2 docentes sino 14). Y, además, cuando el alumno termina la escuela primaria se encuentra en el lugar más alto de ese nivel con casi todo sabido pero, cuando al año siguiente, comienza la escuela secundaria, se encuentra en el lugar más bajo del nuevo nivel con casi todo por aprender.

Con los procesos de crecimiento terapéuticos ocurre lo mismo.

En los Cambios de Nivel, el sujeto va a necesitar adoptar nuevos parámetros y paradigmas, seguramente sin rechazar los anteriores sino comprendiendo que lo que sirvió para el nivel anterior ya no sirve de la misma manera para el nuevo.

Para dar un ejemplo concreto, esto explica muchas veces la dificultad de los alumnos universitarios sobresalientes para desarrollarse profesionalmente. Porque el ámbito universitario es un nivel educativo y, por lo tanto, de formación mientras que el ámbito laboral es un nivel diferente y, fundamentalmente, adulto en el que existen otros parámetros y paradigmas.

Ahora bien, esto fue a grandez rasgos el Cambio de Nivel; la Crisis no es lo mismo.

Porque así como el Cambio de Nivel es intrínseco al proceso de crecimiento y se da, digámoslo así, de adentro hacia afuera del sujeto; la Crisis se da, digámoslo así, de afuera para adentro. Es decir, algo se rompe en la realidad y eso impacta de tal manera en el sujeto que se encuentra, de golpe en una realidad diferente.

Por supuesto, mirado más profundamente, la Crisis también se ha gestado, de una u otra manera, dentro del sujeto, pero siempre es en definitiva producto de una situación externa que el sujeto no puede controlar y que cambia parcial o totalmente su vida. Una situación externa que el sujeto luego podrá ver de qué manera ya se estaba gestando en él o qué tenía que ver con él mismo antes de la Crisis pero que el sujeto vive como algo "que le está pasando" y que no puede modificar.

Es, para decirlo de otra manera, una posibilidad que la Vida nos da para que podamos aprender. Una posibilidad que suele venir en envase duro y doloroso pero que es, finalmente, una posibilidad.

A diferencia del Cambio de Nivel (que, evidentemente, es más paulatino y surge como consecuencia de los propios movimientos del sujeto), la Crisis suele ser experimentada como algo violento y abrupto y no puede evitarse el sufrimiento. Luego el sujeto verá qué hace con ese sufrimiento, pero no puede evitarse.

En el Cambio de Nivel, justamente por su característica menos abrupta, el sujeto puede demorar más darse cuenta de que su angustia tiene que ver con que no lleva a cabo los movimientos para crecer porque, justamente, muchas veces no tiene conciencia de estar en un nivel diferente y necesitar movimientos también diferentes.

En la Crisis esto no es así. El sujeto puede o no llevar a cabo los aprendizajes y movimientos necesarios pero el sufrimiento es más punzante y el sujeto no puede no experimentar su angustia.

Finalmente, diremos que toda Crisis implica, de una u otra manera, un Cambio de Nivel mientras que no todo Cambio de Nivel implica necesariamente una Crisis. Es más, muchas veces las Crisis suceden porque el sujeto no ha comprendido que necesita un Cambio de Nivel y no ha llevado a cabo los movimientos necesarios para que este cambio se produzca.

Dicho esto, a continuación mencionaré algunas cuestiones que, me parece, suelen moverse en las crisis. No para sacar una lapicera y ponernos un puntaje en cuánto hacemos bien y cuánto mal, sino todo lo contrario: Para acompañarnos en el viaje hacia el Yo aún desconocido con al menos algo de amor y de confianza en que, como decía mi abuela "todo va a salir bien".

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Algunas cuestiones que suelen jugarse en las crisis

Como hemos señalado, el Cambio de nivel

La Crisis nos pide un Cambio de Nivel y esto implica acceder a un nivel de mayor profundidad y hondura. En el sentido de nuestra historia, de nuestra complejidad en tanto humano. De nuestros vínculos.

Cuanto más profundos y hondos somos más podemos habitar lo que es.

Cambio de paradigma

El cambio de paradigma implica un cambio en leyes profundas que rigen algo (o mucho) de nuestra vida actual.

Son leyes o frases que muchas veces se ubican en zonas profundas y que no alcanzamos a percibir con claridad. Pero, justamente, un movimiento necesario es darles lugar, escucharlas, concientizarlas y luego modificarlas en aquello que ya es estrecho para nosotros.

Ampliación de la identidad

La ampliación de la identidad implica la posibilidad de considerar como parte de nosotros rasgos, características, creencias que previamente no considerábamos propias. De esta manera no se reemplaza lo anterior, se enriquece lo anterior con nuevas posibilidades.

Ampliación del amor

La ampliación del amor consiste en poder amar aquello que, hasta antes de la crisis, era rechazado. Amar implica aquí habitar, no rechazar. Estar allí. Abrazar aquello que antes rechazaba.

Generalmente esto no es sólo una decisión sino que implica poder hacer los otros movimientos que nos permitan que esta ampliación "casi" suceda por sí misma.

Profundización de los vínculos

La consecuencia necesaria de estos movimientos consiste en la profundización de los vínculos. Así, en situaciones en las que antes lo que aparecía era el rechazo, la pelea o el silencio lleno de lo no dicho va apareciendo paulatinamente el interés, la confianza, la apertura y, finalmente, el amor. El amor por el otro, por uno mismo y por el vínculo que tenemos.

Doblar y guardar con amor aquello que fui

A diferencia de la idea que parte de la base de que crecer es cambiar, desde aquí partimos de la base de que crecer es honrar y atesorar con amor aquello que fuimos y darle lugar también a lo otro, a aquello que también somos pero que aún no sabemos que somos.

Así, la idea de "doblar y guardar" no implica dejar de ser sino ser aquello y algo más que no sabíamos que éramos.

Por supuesto esto implica también la tristeza y el dolor. Porque crecer duele, porque cobramos conciencia de que el tiempo pasa y de que la vida terminará.

Aprender lo nuevo

Transitar y habitar la crisis constituye un proceso de aprendizaje. No se hace de un día para el otro e implica también esfuerzo y tristeza. Aprender lo que es necesario aprender implica un proceso de aprendizaje, aunque parezca una obviedad.

Habitar lo que es

Habitar lo que es implica dejar de intentar disfrazarlo, cambiarlo, negarlo, pelearlo. Implica dejar de intentar cambiar al otro o cambiarme a nosotros mismos. Implica sentarse y no pelear (al menos un momento). Implica bajar las armas y, con ellas, las defensas. Y estar ante aquello que es con todo lo que ello trae consigo.

Ser más yo (con todo lo que ello implica)

Yo es la versión más cercana posible a la Vida de la cual provengo

Como somos hijos de la Vida, cuando más cerca estamos de ella más nosotros somos. Y la Vida no rechaza, no excluye, no selecciona. La Vida es.

Esa posibilidad, esa posibilidad de ser un poco más Yo (es decir un poco más ese hijo de la Vida) se da, especialmente en la crisis.

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La crisis es aquello que la Vida nos pone para invitarnos a dar un paso más en nuestro crecimiento, es su manera de decir que lo que somos ya es estrecho para lo que la Vida nos invita a ser. Lo que somos ya no alcanza para ir hacia lo que anhelamos. Si queremos ir debemos morir a lo que somos, en el sentido de no creer que esa es nuestra identidad. E ir hacia una identidad más amplia, que incluya lo que somos y también lo que se necesita que seamos para poder seguir nuestro camino de retorno a la Vida que nos trajo.

Por supuesto, tenemos libertad. La libertad de hacer los movimientos que necesitamos o replegarnos, de crecer o atrincherarnos y quedarnos con nuestra identidad actual, ya pequeña para lo que la Vida nos propone.

Si no lo hacemos deberemos encontrar un culpable (muchas veces nosotros mismos). Y allí nos atrincheraremos, en las explicaciones que nos justifiquen por qué no hacemos los movimientos que necesitamos. Y entonces quedaremos atrincherados.

Si lo hacemos, si tomamos la decisión de ir hacia donde la Vida nos propone y hacer los movimientos para ampliar nuestra identidad entonces todo duele, sentimos que todo se derrumba y que todo muere. En realidad no es así, en realidad todo lo que es saludable en nuestra vida permanecerá y sólo se moverá aquello que necesita moverse en nosotros para poder crecer. Y esto que necesita de nosotros deberá cambiar porque nosotros cambiaremos.

Y entonces no hay vuelta. Como la ola que nos revuelca sentimos que la Vida nos matará. Y, quizá, en algún sentido será así. Nos matará en nuestra identidad ya demasiado estrecha para, así, nacernos hacia una identidad más amplia. Hacia un estadio de Yo más cercano a mí mismo.

Al igual que una madre amorosa, en las crisis la Vida nos muestra su amor. En las crisis se ve el vínculo de la Vida con nosotros, justamente allí donde intentamos seguir siendo quienes somos aunque necesitamos ser más nosotros mismos.

En las crisis es donde se ve con mayor claridad cómo la Vida se vincula con nosotros. Como la mamá gata, que en algún momento pega un coscorrón al gatito para que se tranquilice; así quedamos, como el gatito moviendo la cabeza sin entender bien qué ocurrió. Ante su mamá que lo cuida, coscorroneándolo.

Así es la Vida, amorosamente implacable con nosotros.

¿Podremos escucharla?